El nacimiento de la vocación
Ordinariamente la vocación nace como una inquietud, una duda. Ciertamente, si Dios quisiera, podría utilizar un medio sobrenatural para comunicarnos su voluntad. Así sucedió en el caso de la Santísima Virgen María. A Ella le envió el ángel Gabriel para invitarla a ser la madre de su Hijo (cf. Lc 1, 26-38). Algo parecido sucedió con san Pablo: «…yendo de camino [Pablo], cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él respondió: “¿Quién eres, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer”». (Hc 9, 3-6). Estos casos, a decir verdad, son más bien raros. Por lo general Dios siembra la inquietud valiéndose de hechos más sencillos. A veces la lectura de un determinado pasaje evangélico hace surgir la inquietud. Por ejemplo, en la misa dominical se lee el Evangelio de la vocación de Pedro, cuando, después de la pesca milagrosa Pedro pide a Cristo que se aleje de él porque es un hombre pecador y Cristo le responde: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). Sin saber por qué, la persona escucha aquellas palabras como dirigidas a ella de modo especial. Otro medio es la lectura de la vida de un santo. Se comienza a leer por curiosidad, se admira todo lo que hizo aquella alma y de pronto o suavemente hay un cambio: aquello que se veía como un simple testimonio de vida, comienza a considerarse como una posibilidad real para la propia existencia. Muchas veces, cuando asoma en el horizonte esa posibilidad, puede surgir en el interior una resistencia, como si aquello fuera algo más que una mera posibilidad, algo que se debe hacer aunque no se pueda explicar exactamente por qué. También no es raro que la inquietud despierte sentimientos de temor e inseguridad. Así le sucedió a la Santísima Virgen María: «Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios…”» (Lc 1, 28-30). De hecho, este temor inicial acompaña casi todas las vocaciones. Se supera confiando en Dios, sabiendo que es un Padre que sólo desea nuestro bien. Hay algunas experiencias que también llevan a cuestionarse seriamente sobre el sentido de la vida y sobre el modo en que se está viviendo. Una de estas experiencias puede ser el sufrimiento o la muerte de un ser querido o la experiencia de una enfermedad grave que ha podido superarse. De aquí comienza un crecimiento en la vida cristiana: lo que antes era sólo un conjunto de prácticas religiosas más o menos aburridas, se revela algo mucho más interesante y profundo. Algo similar le sucedió san Francisco de Borja. Durante varios días acompañó el traslado del cadáver de la emperatriz Isabel, famosa en España y Europa por su belleza. En un momento pidió ver el cuerpo y, al contemplar su descomposición, se dijo: «No más servir a señor que se me pueda morir». En ese momento inició su conversión a una vida más fervorosa al servicio de Dios y posteriormente ingresó en la Compañía de Jesús renunciando al Ducado de Gandía. Otro indicio puede ser un vago sentimiento de vacío interior, cierto aburrimiento ante la vida. A pesar de tener todo lo que en principio podría hacer feliz a una persona –amigos, novia o novio, bienes materiales, salud, familia cariñosa, etc.–, el chico o la chica tiene la impresión de que le falta algo. Percibe la belleza de esos bienes y, aun así, siente que no son suficientes para colmar sus ansias de felicidad. Poco a poco, las creaturas comienzan a parecer fugaces, inconsistentes, poco duraderas. Detrás de toda alegría humana, incluso no pecaminosa, se presentan siempre estas o similares preguntas: “y después, ¿qué más?” o “¿y todo esto para qué?”. El sentimiento de la fugacidad de las cosas, cierto desencanto ante la “grandeza” de las creaturas, una peculiar soledad interior son signos claros de que el Espíritu Santo está actuando intensamente en un alma para llevarla a centrarse únicamente en Dios. El alma siente necesidad de encontrar algo sólido y definitivo, algo que no se mueva y le llene plenamente. Santa Teresa de Jesús decía: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza: quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta. Dios también puede servirse de ciertas “coincidencias” para sembrar en el alma la inquietud vocacional. Por ejemplo, abrir el Evangelio distraídamente y encontrarse precisamente con un pasaje relacionado con la vocación; una persona que, sin saber exactamente por qué, te pregunta si vas a ir al seminario, etc. En ocasiones, no es un solo hecho, sino varios. Son acontecimientos aislados que de uno u otro modo llevan a la persona a pensar en la vocación: comentarios, bromas, lecturas, entretenimientos. El Espíritu Santo, en este sentido, tiene una gran imaginación y hace llegar sus inspiraciones en las circunstancias más variadas, e incluso extrañas. Otras señales pueden ser el ambiente en que se ha vivido o las inclinaciones naturales del propio carácter. Hay personas que espontáneamente se prestan a ayudar a las demás con desinterés y alegría. Sin saber por qué, sienten que nacieron para ello. Como si Dios, al crearlas, las hubiera “equipado” de antemano para servir y entregarse a los demás. Todos estos hechos, vistos con fe, tienen una especial resonancia en el interior de la persona llamada. Hay otros que pueden estar en contacto con los mismos hechos, con las mismas lecturas y sin embargo nunca sentir la inquietud de consagrarse a Dios. Incluso pueden apreciar la bondad del sacerdocio o de la vida consagrada y no verlos como posibilidades para su propia vida... pero hay otros que sí.
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